lunes, 20 de febrero de 2012

La ventana

Esa mañana, un tanto nublada y con chipichipi rítmico, apareció ella nuevamente en la ventana, despreocupada, semidesnuda, con un cómplice camisón transparente que permitía observar claramente la perfección de su cuerpo apenas cubierto por unos calzoncillos de fino encaje. Tenía tan solo un mes de haber llegado al rumbo.


Salvador Dalí

Ella,  había escogido ese departamento por la cercanía a su trabajo y porque el edificio, a pesar de ser viejo, estaba remodelado conjuntando elementos modernos con detalles pretéritos que iban muy bien con su forma de ser contradictoria.  Rigurosamente hablando era una nostálgica vanguardista que no usaba sostén, que le encantaba oír a Agustín Lara y, a la vez, música lounge.

La primera vez que me vio pensó que yo era un simple “voyeur” compulsivo, o uno de esos locos insatisfechos que coleccionaban revistas pornográficas y que, tarde o temprano, abandonaría mi terca obsesión por mirarla todas las mañanas,.

Estaba tan segura de ello que ni siquiera compró persianas para alguna de las habitaciones que daban vista a las mías. Con el paso de los días y con mi necia insistencia, llegó a molestarse seriamente, hasta que una tarde se encaró frente a mi puerta con un semblante enérgico, indagatorio. Me observó detenidamente y, de repente, sonrío alejándose armoniosamente como otras veces lo hacía en el interior de su departamento.

Me tenía enloquecido, no podía evitarlo. Ese día tuve miedo de que me insultara, que reclamara mi vergonzosa actitud; hubiese querido hablarle o gritarle, explicarle, pero algo seco atravesó mi garganta impidiéndomelo.

Me enteré después que había abandonado sus reclamos al ver mi expresión infantil y mi evidente timidez. Le habían causado gracia mis calcetines de triangulillos de colores y había percibido las notas de Suspicious Mind de Elvis, que curiosamente también era de sus favoritas.

A partir de esa tarde todas las mañanas aparecía reluciente en el marco de su ventana y me saludaba alegremente; todas las noches también se asomaba para verme y yo, indefectiblemente, ahí estaba, frente a ella, esperándola. Se sentía halagada, nadie la había admirado así tan religiosamente. Teníamos un acuerdo silencioso. El rito de la ventana se repetía día tras día,  incansable, inexorable.

Todo había pasado a un lugar secundario. El ajedrez permanecía empolvado y los libros envejecían sin tocarlos; había cambiado mi escritorio y máquina de escribir frente a la ventana, mi sillón preferido también, las bocinas del estéreo, mis textos más preciados, todo lo mío y lo más querido miraba hacia ella.

Una noche me pareció que todo se derrumbaba, los muros,  los
libros, la litera, el piso, el ropero, mi vida, mis piernas, mis manos. Frente a mí, en su ventana, a obscuras, una pareja entraba sigilosa. El hombre la desvestía y la tocaba. Ella accedía, lo desnudaba, acorralaba y devoraba como si se le acabara la vida.

 Iracundo arrojé a la calle la máquina de escribir, golpeé las bocinas, rompí las pastas de los libros, rasgué con fuerza el sillón, destrocé las puertas,  aturdido y  a punto del desmayo..

Al cabo de unos segundos escuché el timbre de mi departamento. Me incorporé rabioso con la idea de golpear al inoportuno que tocaba en ese momento y descargar con él mi furia e impotencia. Abrí la puerta violentamente y apareció una imagen inverosímil. Era ella, la de la ventana de enfrente, sonriente y juguetona. Entró sin solicitármelo, trastabilló entre tanto desorden, ni un sendero despejado, preguntó por la máquina de escribir que se había acostumbrado a ver todas las mañanas, observó los libros despastados y el sillón rasgado.  

-¿Qué te ha sucedido?-

Al explicarle mi enojo rió a carcajadas. Esa noche durmió conmigo.  La que estaba en su departamento no era ella. Lo había prestado a una amiga suya para un “affaire” desesperado.