sábado, 5 de mayo de 2012

Pensamientos de Joel Martinez Arce

I.

Acabaste con  mis pasiones…
Has matado mis sentidos…

¿Dónde está el éxtasis?

Sepultado en tumba fría y lejana
Profunda caverna lóbrega...sombría

II.

El cielo es un paraíso perdido,
Expulsado sin demora,

Por las puertas de ese fruto prohibido


Luz y tiempo

Soy detestablemente normal,
Más bien, soy aborreciblemente anormal,
No tengo luz, no hay alegría
Únicamente soledad, hastío e indiferencia.

Transcurre el tiempo,
¿Y qué hecho de mi vida?
¡Esperanzas frustradas!
¡Ilusiones rotas!
Sueños convertidos en pesadillas.

Busco con ahínco el desenlace
Sumergiéndome en sueños eternos
En violencia repentina,
En ahogamientos viscerales,
En confrontaciones estériles…

Y nada, la cobardía triunfa nuevamente,
Cuestionando, simulando, evitando,
¡Carajo!

¿Nunca podré finalizar algo?

La agonía no es tan dolorosa,
Las heridas están profundas, pero se restauran lentamente.

Etéreas y celestiales mujeres,
Acompañan mi último caminar,
Por ellas… ¡Sólo por ellas, mi vida tiene razón y significado!

Joel Martínez Arce
Abril de 2012

lunes, 20 de febrero de 2012

La ventana

Esa mañana, un tanto nublada y con chipichipi rítmico, apareció ella nuevamente en la ventana, despreocupada, semidesnuda, con un cómplice camisón transparente que permitía observar claramente la perfección de su cuerpo apenas cubierto por unos calzoncillos de fino encaje. Tenía tan solo un mes de haber llegado al rumbo.


Salvador Dalí

Ella,  había escogido ese departamento por la cercanía a su trabajo y porque el edificio, a pesar de ser viejo, estaba remodelado conjuntando elementos modernos con detalles pretéritos que iban muy bien con su forma de ser contradictoria.  Rigurosamente hablando era una nostálgica vanguardista que no usaba sostén, que le encantaba oír a Agustín Lara y, a la vez, música lounge.

La primera vez que me vio pensó que yo era un simple “voyeur” compulsivo, o uno de esos locos insatisfechos que coleccionaban revistas pornográficas y que, tarde o temprano, abandonaría mi terca obsesión por mirarla todas las mañanas,.

Estaba tan segura de ello que ni siquiera compró persianas para alguna de las habitaciones que daban vista a las mías. Con el paso de los días y con mi necia insistencia, llegó a molestarse seriamente, hasta que una tarde se encaró frente a mi puerta con un semblante enérgico, indagatorio. Me observó detenidamente y, de repente, sonrío alejándose armoniosamente como otras veces lo hacía en el interior de su departamento.

Me tenía enloquecido, no podía evitarlo. Ese día tuve miedo de que me insultara, que reclamara mi vergonzosa actitud; hubiese querido hablarle o gritarle, explicarle, pero algo seco atravesó mi garganta impidiéndomelo.

Me enteré después que había abandonado sus reclamos al ver mi expresión infantil y mi evidente timidez. Le habían causado gracia mis calcetines de triangulillos de colores y había percibido las notas de Suspicious Mind de Elvis, que curiosamente también era de sus favoritas.

A partir de esa tarde todas las mañanas aparecía reluciente en el marco de su ventana y me saludaba alegremente; todas las noches también se asomaba para verme y yo, indefectiblemente, ahí estaba, frente a ella, esperándola. Se sentía halagada, nadie la había admirado así tan religiosamente. Teníamos un acuerdo silencioso. El rito de la ventana se repetía día tras día,  incansable, inexorable.

Todo había pasado a un lugar secundario. El ajedrez permanecía empolvado y los libros envejecían sin tocarlos; había cambiado mi escritorio y máquina de escribir frente a la ventana, mi sillón preferido también, las bocinas del estéreo, mis textos más preciados, todo lo mío y lo más querido miraba hacia ella.

Una noche me pareció que todo se derrumbaba, los muros,  los
libros, la litera, el piso, el ropero, mi vida, mis piernas, mis manos. Frente a mí, en su ventana, a obscuras, una pareja entraba sigilosa. El hombre la desvestía y la tocaba. Ella accedía, lo desnudaba, acorralaba y devoraba como si se le acabara la vida.

 Iracundo arrojé a la calle la máquina de escribir, golpeé las bocinas, rompí las pastas de los libros, rasgué con fuerza el sillón, destrocé las puertas,  aturdido y  a punto del desmayo..

Al cabo de unos segundos escuché el timbre de mi departamento. Me incorporé rabioso con la idea de golpear al inoportuno que tocaba en ese momento y descargar con él mi furia e impotencia. Abrí la puerta violentamente y apareció una imagen inverosímil. Era ella, la de la ventana de enfrente, sonriente y juguetona. Entró sin solicitármelo, trastabilló entre tanto desorden, ni un sendero despejado, preguntó por la máquina de escribir que se había acostumbrado a ver todas las mañanas, observó los libros despastados y el sillón rasgado.  

-¿Qué te ha sucedido?-

Al explicarle mi enojo rió a carcajadas. Esa noche durmió conmigo.  La que estaba en su departamento no era ella. Lo había prestado a una amiga suya para un “affaire” desesperado.


sábado, 21 de enero de 2012

ALEBRIJES

Diapasón de fantasmas,
En la ermita desolada
Las sombras de los rostros campiranos
Me parecen sudorosos alebrijes


ALEBRIJE DE OAXACA.
PEDRO LINARES

HISTORIAS DE COSTA RICA. III PARTE

“Pini”, Dona Ethel y “Moto”

 El paisaje tico no deja de seducirme.  Los campos de café se suceden uno tras otro solo interrumpidos por islas de matorrales y árboles de todos tipos, de sombras inmensas, de troncos anchos y robustos,, que han resistido a la deforestación.  La mirada queda fija y conmovida por tanta riqueza vegetal y por la calidad de vida de quienes viven fuera del casco urbano. Solo las ocurrencias de Pini  me  interrumpen.


 –¿Usted como les dice a las mujeres allá en México?-,  me pregunta,
-¿A qué te refieres Pini?-  replico,
-Sí, si, como les habla en la calle-,  en ese momento no se me ocurrió nada…


Vea, aquí yo les digo -¿Queré lleva platica a casa mami?-  expresa desenfadadamente, provocando la risa de todos los que viajamos en la pick up y llenándonos de fresco oxígeno vivencial.

Pensé, -aquí si “llueve café en el campo”-  el café que moja a todos sus habitantes con su aroma, con sus flores, con su color rojizo, con su nobleza. El café bendito que salpica de riqueza a los habitantes de esta región que no termina de solazarse a sí misma con tanta belleza.


–Viera Juventino, el café de Costa Rica es mejor que el café colombiano- afirma Alán, y todos asientan con la cabeza mostrando su acuerdo.

Alán  me ha dado muestras de amistad innegables; serio y sosegado, entre otras cosas, ha escapado al culto al automóvil que ha sentado sus raíces en este territorio.


 -Prefiero invertir en la educación de mis hijos- señala orgulloso.


II.


Me mude de nueva cuenta a un apartotel de nombre “Los Laureles” en Sabanilla, al sur de San José.  El apartamento tenía una cocina chica y, sin embargo, tenía todo lo que hace falta para cocinar, con acceso e Internet y recamara “queen zise”; una lavandería y un bar común donde se miraban los juegos de la “sele”-así le decían al equipo nacional de futbol soccer-. La gente de Costa Rica ama el futbol, los niños, las abuelas, los jóvenes, hablan de futbol todo el día y a todas horas.   


El apartotel estaba rodeado de vegetación en una zona apacible y sosegada. Atendida por Doña Ethel, que es una señora de 60 años, muy hacendosa, con miraba tierna y un dejo de nobleza interminable.


- ¿Cuánto va estar hospedado, Don Juven?- 


Dos meses respondí y supe, desde esa vez, que la iba a pasar muy bien, en medio de vecinos españoles, italianos, dominicanos, colombianos y ticos.


El español me despertaba todos los días con  la copla “…Ay pena, penita, pena…pena de mi corazón…que me recorre las venas…pena…con la fuerza de un ciclón…”. Al cabo de un tiempo hice amistad con Don Balbino, el español oriundo de las Islas Canarias, a la sazón, piloto de avionetas y marino, capitán de barco, que había cruzado, hace 10  años el atlántico en su yate.


Marisol que auxiliaba en los quehaceres de Doña Ethel,  barría y trapeaba el apartamento dos veces por semana y me cambiaba las toallas los martes. Es una mujer bonita, trabajadora y muy humilde. Varias veces, en el aburrimiento de los sábados charlábamos cosas del trabajo y de la manera de pronunciar el castellano de los mexicanos y de los “ticos”.


Doña Ethel me saludaba todos los días - ¿Cómo me le va Don Juven?- Y yo le respondía  -¡Pura vida!- en espera del automóvil que mañana  tras mañana me llevaba a la oficina.


“Moto” era mi chofer preferido. Había recorrido todos los confines del suelo costarricense y se ubicaba mejor en campo que todos los geógrafos que teníamos contratados. Era una delicia escuchar sus anécdotas de los censos pasados y exhibía una luz fuera de serie. 


Siempre lo recordaré con su cigarro y su  “yodo”,  así le decía él,  al café.
Cuando me llamaba hermano sentía un cariño muy sincero por él. 

Le he quedado muy mal a "Moto", me pidió una playera de los "pumas" y no se la he comprado. En mi próximo viaje le llevaré una.


Allán, Douglas, yo, "Moto" y "Pini"

Tania


EL AMOR ESTA ALTERADO, DESOLADO,
LA NOCHE CIRCUNDA SU  ROSTRO  ENTRISTECIDO,
SUS OJOS AFLIGIDOS
MIRAN DESDE UN LUGAR LEJANO

EMERGE TENUE PERO CON FUERZA,
ARRASTRA LA IRA

VIENTO DESCONSOLADO Y MISTERIOSO
VIENTO VISCOSO
VIENTO DESAGRAVIANTE DE TODOS NUESTROS PECADOS

A RATOS ENMUDECIDA, COMO SI VIERA UN FANTASMA
A RATOS ACUSADORA

LA QUIERO, ASÍ
ACUSADORA,
ENMUDECIDA,
IRACUNDA,
LEJANA,

NO LO SABE,
 PERO MI ALMA DESCANSA EN ELLA.


Tania y yo

domingo, 8 de enero de 2012

La ciudad

La ciudad



Es la ciudad enorme que vista a la distancia es asimismo juego vital
y féretro de modas y vanidades;
ciudad de callejuelas oscuras y lúgubres caricias,
donde no hay respeto, ni timidez por la muerte….


Es la ciudad de las calles adustas
con vecindades de melancolía,
con portones nutridos de espíritus coloniales,
donde se arremolinan criaturas inconsolables,
y prostitutas sombrías con miraba lejana y
despedazada por la miseria.


Es la ciudad que dejamos
y cambiamos por el alegre aburguesamiento provincial,
por el buen Dios que baja tres veces al día,
por los domingos silenciosos,
por las calles inmutables,
por la ausencia del ruido,

por el canto de soledades satisfechas,
por el mediodía eterno,
por el eterno sol,

Sin violencia…sin enfado.
 

Diciembre de 1987


Fotografía de Juan Rulfo

¡Sangre de tantas personas!

Tengo múltiples pares de ojos
que miro la vida desde otros horizontes.

Mi ego no me permitía encontrar la verdad en los otros.
Mi inexcusable reflexión de la vida, que no tenemos comprada

¡Tengo tanta sangre de tantas personas!

Poseo innumerables manos y son de colores tan vivos,
rojas, violetas, de tanta sangre que se vertió en mí

Miro mi pecho cortado, mi esternón entrelazado con alambre de titanio
Es mi fortaleza inesperaba para existir

¡Por cada cicatriz voy a vivir con más humildad!

¡Tengo tanta sangre de tantas personas!

¡Es la sangre que me hace vivir intensamente!

Octubre de 2010



El autor de estos textos, en el Hospital Hidalgo de Aguascalientes (junio de 2010), a la mañana siguiente de la Embolia Cerebral que me dio y a cuatro dias antes de que me operaran de un Mixoma (tumor) que estaba dentro de mi corazón.