jueves, 29 de diciembre de 2011


Mural efímero en tiza y carbón, del Museo Universitario de Arte Contemporáneo, MUAC, en mi alma mater, la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Historias de Costa Rica. Segunda parte


Tibás y el Doctor

II.

He decidido mudarme a Tibás,  al apartamento de un amigo reciente, con el que coincido en la práctica del Karate Do. Ahora vivo a un kilómetro al oeste del parque central y 250 m. al norte, así son las direcciones aquí; así han funcionado desde que se tiene uso de razón, “del antiguo higuerón 50 m. al este”, “de la pulpería 100 m. al sur”; de la Iglesia de Purral un kilómetro al este”; no hay nombres de calles ni numeración en las viviendas; la dimensión de las distancias la han desarrollado sorprendentemente.

-¿Quién ha medido esto de que la oficina está a 450 m. al oeste de la Rotonda de la Bandera?- Pregunté, -No nadie,- respondió solicito Douglas, -pero son 450 m.- afirmó con toda la seguridad que otorga el haber nacido aquí y ser geógrafo de profesión.

Tibás me da la oportunidad de caminar el fin de semana y encontrar  un poco de tranquilidad. En el parque central, los árboles frondosos se alinean como un noble ejército orgulloso de sus raíces; los higuerones presumen sus fuertes ramas en donde anidan decenas de pájaros que revolotean sin cesar. Es la armonía distrital, dentro de la Gran Área Metropolitana,  interrumpida sólo por los automovilistas que utilizan las bocinas sin reparo.

Tibás
El Dr. Fallas ha decidido acompañarme a tomar unas birras y algunas bocas. Vamos a “El Ranchito” –ahí sirven muy buenas bocas sensei- afirma quién después confesaría que es un cliente asiduo. Filosofía, sociología, política, todos los temas cotidianos se habían puesto sobre la mesa hasta que, el ritmo y la letra de una canción de Gilberto Santa Rosa y Vico C. nos recordaron la indispensable urgencia del perdón y la piedad: “Se que te hice mil heridas, casi imposibles de sanar, y nadie gana la partida pues tu allí  y yo acá…no me mates más con este rencor…te doy hasta la luna con su esplendor…te doy hasta mi sangre por tu piedad…para que tu corazón mire lo grande que es perdonar…” ¿algo más?, con tres cervezas encima y yo tan lejos de la mujer que me ama y a la que precisamente le he causado mil heridas –¿el zarpe?- pregunta Moisés, -¿Qué es el zarpe?- replico. –El zarpe quiere decir la última y nos vamos- afirma no muy convencido. Las del estribo, al final, fueron cuatro “imperiales” más.

La mañana, para no variar, inicia aferrada a no dejar pasar un hilito de sol. Frente a la parada del bus, ensimismado, acudo al recuerdo familiar, mi viejo artilugio  para pisar la tierra con solidez, para aplomarme en el mundo, cuando me ausento sin proponérmelo.  

–Pasa a las 08:04- me comenta una vecina al verme impaciente por la tardanza del transporte que nos llevará a San José. Y así fue, exacto, oportuno, fiel a quienes constantemente lo esperan con el paraguas bajo el brazo.

Mientras, en el bus, Mario Benedetti me había enganchado Escuchando a Mozart y me había trasladado por un momento al Montevideo desgarrado por la represión.

El embotellamiento (la presa), provocó que el bus se detuviera unos minutos  enfrente de un  santuario evangélico. A un lado del portón de la iglesia cristiana, en una pequeña piedra asentada en el césped, alguien escribió con prisas: “Dios es bueno en todo momento y aún más”. Cerré el libro “Con o sin nostalgia” del autor uruguayo, respiré profundamente y me arrellané con placidez en  mi asiento hasta llegar a la terminal.

La Mudanza


Salas y comedores vetustos,
desvencijados, apolillados,
jaulas de pájaros…sin pájaros,
vajillas compradas a crédito.

La estufa vieja y “cochambrosa” de la abuela,
las macetas sin plantas…las flores marchitas,
los calcetines rotos por doquier.

Nuestra  bola de boliche…y nuestra bola de estupideces.

El espejo que llegará roto,
las deudas de honor y, finalmente…

Un gran baúl lleno de vicios mentales,
cloacas existenciales…y pingües collares de recuerdos tristes.




Momentos

Ahora a la distancia,
con la madurez que supuestamente he ganado,
recuento los años felices

¿O meses?

No lo sé con exactitud, aunque no importa mucho saberlo.

Recuerdo los pequeños instantes de entendimiento,
los atarceres de nueve otoños y nueve primaveras,
la lánguida luz  crepuscular en su bello rostro,
el caminar sencillo y esbelto.

Todo ello me envuelve en un torrente de sentimientos,
qué hablan por sí solos,
qué gritan envalentonados...y que ella percibe a lo lejos.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Historias de Aguascalientes. Primera parte

Historias de Aguascalientes


I.


Mi esposa, cansada del trabajo, de las tareas del hogar -trabaja mucho- y yo, fastidiados de la casa, nos fuimos a caminar, con mi hija Larissa, al centro de la ciudad de Aguascalientes.

-¿Dónde te vas a estacionar?-  le dije a Larys, que es así como le decíamos con cariño a Larissa.

 -En el estacionamiento de las antorchas- me respondió

Así se llama un estacionamiento público que está junto a un restaurant que se llama “Las Antorchas”. Caminamos despreocupadamente viendo los escaparates y observando a la gente que iba y venía haciendo compras sin mezquindades, más bien eso parecía. Dios sabe lo que han tenido que hacer para tener una cena digna y comprar unos pocos regalos. No importa que sean de tres pesos, como anunciaba un negocio de enfrente de la calle Madero -¡Todo a tres pesos!-, el detalle es lo que importa. Absortos y sorprendidos por el anuncio nos preguntábamos  -¿Qué cuesta tres pesos?- de la perplejidad pasamos súbitamente al dolor de estómago. Nos dimos cuenta que no habíamos comido y ya era tarde.

-¿Adónde vamos a comer?- preguntó mi esposa Consuelo.

Como ya habíamos gastado mucho en regalos,  algunos días atrás, acordamos en ir a comer unos tacos de “lechón” en “Pascualito”. Donde elaboran una salsa verde con aguacate digna de top chef. Ahí la pasamos de maravilla discutiendo cuanto debíamos de la universidad de Larys y platicando del profesor de sicología que tuvo. Sin duda,  había dejado huella en mi hija. Debo de decir que mi hija Larys lee mucho, de poesía, de literatura y por supuesto de medicina, qué es lo qué  está estudiando. Mi Tania y Diana leen mucho también. El favorito de mi hija Tania es Yukio Mishima, Haruki Murakami y Mario Benedetti. De mi hija Diana los favoritos son Pessoa, Alí Chumacero, Milán Kundera y mucho otros más. Estoy contento con ellas, porqué se salen del estereotipo de muchas jóvenes de hoy, qué no leen ni el periódico.
                             
Yo soy maestro universitario y la mayoría de los alumnos y alumnas que he tenido, no saben ni quién es Pablo Neruda, ni Edgar Allan Poe, ni Cortázar, rayan en la ignorancia más sublime. Tengo que decir, que un porcentaje significativo de los docentes, también no leen frecuentemente literatura y poesía de los grandes escritores. Posiblemente tengan otros intereses. Pero cómo dijo una vez algún escritor, que no recuerdo su nombre, la música y la poesía hacen la diferencia entre el hombre y los animales.



Pintura de Ramón Torres y el autor de éstos textos

Nos encaminamos al Museo Ex Escuela de Cristo, que está en la zona peatonal. Descubrimos las pinturas de Adriana Lobo y Ramón Torres. Éramos tres personas en el Museo. Mi esposa, mi hija y yo. Afuera todo el gentío. La cultura no permea a las multitudes.

Pintura de Adriana Lobo

Un rato después íbamos rumbo a la librería que está en la esquina, junto a la Biblioteca Jaime Torres Bodet. Allí me detuve frente a los aparadores y vi media centena de libros de superación personal. Esos son los libros que más se venden: el libro de oro de la superación personal, las 6 emes del éxito, libérese de sus miedos, etc. ¿Y la literatura seria?

Ni aún así entran a las librerías. Éramos, como en el museo anterior que visitamos, tres personas: mi esposa, mi hija y yo. Después entró otra pareja y otra joven sola. Las aglomeraciones estaban, claro está, afuera. Eran cientos y cientos de gente que no miraban, ni de soslayo, la librería, cómo sí la cultura apestara o como sí traspasar las puertas de la librería, fuera una casa del terror o un hospital siquiátrico.

Es cierto, que muchos libros de los escritores trascendentales, han alcanzado el clímax de la locura como Nietzsche, como Artaud y como tantos otros.

Mi esposa escogió Emma  de Jane Austen, la autora de Orgullo y Prejuicio, y  Larys El Príncipe de Nicolás Maquiavelo y yo me llevé El Erotismo de Georges Bataille. Nos regalamos un libro, eso lo más importante de la tarde. Un rato de cultura, de caminar al aire libre, no importaba el gentío, aún así, se puede andar por las calles de Aguascalientes.




martes, 20 de diciembre de 2011

31 Años

Orgía de desencantos,
vorágine de sutiles rencores,
la epidermis agrietada,
surcos de la tierra agrietadas, melladas
y en ocasiones violentadas,
The getaway, la huida hacia la nada.

El sentimiento tragicómico de la vida...

Volcadura de espejos y cristales,
mudanzas de sombras, siluetas por doquier,
los besos cotidianos a las niñas,
el eco de sus risas, desentendidas...desenfadadas.

Bataille y los versos eróticos que hago míos,
el fin de una utopía abrazada en sueños.

La vuelta a la familia, sin reclamos, sin remordimientos,
el regreso a los libros, al ajedrez,  que en espera decenal me parece melancólico,
incompleto, desarmado...                                                               

El eterno retorno, sin más contemplaciones,

Coming home.

Historias de Costa Rica

El cielo eternamente encapotado 

I.


La música se deslizaba suavemente en el interior del microondas, - como llamaba Ana al automóvil seminuevo de Frank-, mientras, en las calles, el andar despreocupado de las sinuosas mujeres  “ticas” desafiaba el entendimiento de los fuereños, como yo. El cuadro se completaba con los acordes de “...You are beautiful, that is true” que nos recordaba a un James Blunt apasionado. Todo ello hacía placentero  nuestro trayecto cotidiano al trabajo.


Así empezaron a transcurrir los días con nuestro viaje urbano diario acompañados de música ochentera que nos permitía regresar, aunque fuera por un momento, a pasajes de nuestras vidas ya olvidados


Sin duda, Frank es un excepcional conductor que ya  conocía el camino desde hace tiempo, o por lo menos, eso parecía. Había que ser muy hábiles para conducir en una ciudad tan olvidada y avejentada que, con sus miles de huecos -baches- retaba los reflejos y la imaginación.  San José, es una ciudad donde los huecos han dejado de ser una anécdota para pasar a formar parte de una realidad urbana que atosiga a los habitantes, pero que paradójicamente, a fuerza de vivir con ellos, los ha vuelto resignados.


Tenía unos días de haber llegado a este lugar donde los cielos se empeñan diariamente, tozudamente, en cubrir el fulgor solar que ha perdido la batalla desde siempre. Aquí el sol otea el  paisaje solo por unos cuantos minutos y desaparece avasallado ante el meteoro que fustiga el suelo de la sabana. La lluvia es incansable,  interminable; solo el moho  diminuto que colorea de verde todas las superficies, sale triunfante y retador. Diez meses estará presente en las banquetas, muros y tapias.  Es el invierno costarricense, la estación lluviosa, finalizará hasta octubre o noviembre, en la estación seca,  donde también llueve, -pero menos-, apunta Ana como queriendo convencerse a si misma, de que no es tan malo el clima en este rincón pródigo del mundo.

El fin de semana me llegó el hastío de la lluvia.

-¿Qué no para nunca?-


 –No, contestó Ana-   Aquí ya estamos acostumbrados.


Bajo el techo de la cochera habíamos iniciado una conversación inteligente de temas irrelevantes, por supuesto de mucho mejor provecho que una conversación tonta de temas relevantes,  que fue interrumpida por las cumbias de un grupo musical argentino. ¡Argentinos tocando cumbias! -¡Esto es un argumento más para los globalifóbicos- pensé, y me dispuse a escuchar lo que considere, en principio, el colmo de la barbarie gaucha.


-¡Escuchá Juventino, escuchá bien, son buenos!-, comentó Frank.


Tenía razón y al cabo de unos cuantos minutos  estaba ya moviendo todo el cuerpo bailando al compás de la cumbia gaucha. -Con ese ritmo se ha creado aquí el swing tico-, afirmó Ana y marcó un par de pasos “brincaditos”  al mas puro estilo chilango, pirriipipí gritarían en Neza, Pantitlán y la Doctores.


Esa tarde se nos fue con birras y tequila, hablando de los maes del gobierno local que no hacen nada por devolverle a la ciudad el esplendor de otros tiempos.


-Los jue d’puta no hacen nada Mae- atizaba Frank.


–¡Ah que hijos de puta!- repetí yo,


-¡No!- me corrigió Frank-, se dice jue d’puta.


Tenía razón, como explicarse una ciudad deshecha, con tantos problemas de basura, inseguridad y huecos, en un país con tan profusas riquezas naturales.


 Unos días más tarde, tendría la oportunidad de leer a Crozier y hacer una analogía con su estudio de la sociedad francesa del 68. La sociedad bloqueada afirmaría el sociólogo francés. Así me parecía la comunidad “tica”, una sociedad bloqueada, donde todo y nada sucede al mismo tiempo y donde, este último, se ha empeñado en ir a un ritmo más lento, sin agobio, sin pesadumbre.


“…porque la seducción es ocultación y promesa, la seducción acaba con lo presente, necesita del velo y de la distancia, vive de la ausencia, muere con la presencia; la seducción es promesa, por-venir, tiene una estructura mesiánica…”.dictó Potel, en un texto sobre Derridá y Gadamer,   que descubrí accidentalmente al día siguiente, ¿por la tarde’ ¿o noche? aquí no se sabe del todo, ya que el cielo esta empeñado en anochecer las horas a deshoras. El dardo había dado en el blanco. Sin pronunciar palabra, cerré la puerta de mi habitación,  y me acosté pensando en la enorme lucidez del autor, en la seducción como motivo de reflexión filosófica. Los minutos empezaron a huir con rapidez y la lluvia estruendosa se convirtió en un sonido cada vez más fugaz, lejano, imperceptible.


La lluvia inusitadamente olvidada, a pesar de su insistencia de recordarnos su caótica presencia.


En estas tardes tan presurosas por morir, frente a la noche que despliega rápidamente su sendero de sombras avasallantes, no hay el rostro familiar que relaja; la nostalgia de pronto me recuerda lo fugaz de nuestras vidas. En ese momento vuelvo la vista a la foto familiar que me devuelve al mundo y a la valoración de todo lo construido y de lo que hemos dejado momentáneamente.


Llegó el tiempo de tirar los primeros escombros existenciales que se han acumulado en estos días. Frank y Ana lo han percibido. Ellos también requieren algo de relajamiento con el extranjero que ha trastocado su vida familiar.  ¿Te gusta el karaoke? pregunta Ana deseando obtener una respuesta afirmativa. –Si claro- respondí en el instante en que Frank ya estaba preparando el  micro.


 Después de una serie de crestas y descensos llegamos a “La Cuenca”, un bar karaoke  donde los acordes de la música ranchera mexicana no tardaron pronto en inundar el ambiente colmado de Maes  alegres y gozosos dispuestos a terminar esa noche con todo el stock de cervezas imperiales del lugar. La noche culminó con nuevas amistades y con la compra del CD de un aficionado a la música vernácula que cantaba mejor que Vicente Fernández.  -Perdonen lo mal cantado- murmuraba Minor González antes de empezar a cantar y dejarnos boquiabiertos.


–Vendo mis discos en tres mil- me dijo. Por supuesto que le compré uno.



lunes, 19 de diciembre de 2011

Agua


Pintura de Mauro Yrigoyen Fajardo


El agua recorría ávidamente su cuerpo
Retardando su caída
Tocando cada parte sigilosamente
Queriendo regresar para volver a caer sobre ella

...odiándose por su impotencia.

Tormento placentero

Dibujo a base de crayola y vinílica de Tania Martínez Pontón

La Mesera

Subí uno a uno, a veces de dos en dos,
los escalones sofocados de la envejecida vecindad
con sus paredes llorando salitre, sus rasgados muros,
capiteles seculares, años de observar la miseria humana.

Toqué nerviosamente los barandales oscilantes
y apresuradamnete ascendí entre baldosas húmedas y silenciosas,
que socarronamente percibían mi angustia.

Arriba un cuartucho de lámina, la puerta entreabierta,
aroma de perfume barato; me detuve pasmado,
una cofia tirada, un par de medias negras deshiladas,
zapatos bajos somnolientos y fatigados.

Su cuerpo cansado, sudoroso, los pies enrojecidos y maltratados.
En la almohada, su rostro en agobiante ansiedad de olvido.

Meloso absorbí su cansancio, su fastidio y dormí con ella,
gustoso hasta el hastío.

TRAVESURBE

    Mi Madre y yo


Súbitamente, el cielo despejado de hace algunas horas había mudado su tonalidad hacia un grisáceo oscuro, amenazante, estruendoso. El presagio de una desenfrenada tormenta acalambraba la ciudad y a sus habitantes quiénes comenzaban a correr, presurosos, hacia sitios más seguros, a cubierta de la gotas heladas que empezaron a caer, desarticuladamente, dando espacio a los granizos que ya asomaban en el capote celeste.


He tenido suerte. Minutos antes había tenido la oportunidad de recorrer pausadamente algunas calles del centro de la ciudad, del ombligo de nuestra tierra, del origen de todo lo nuestro. Caminé por las avenidas ahora recuperadas, con aliento fresco, desprovistas de los eternos poseedores del suelo urbano, supervivientes del desastre del desempleo. Me detuve en un Mixup y descubrí a los Rolling Stones redivivos en su nuevo álbum producido por Martín Scorsese. Una locura de sonidos agresivos, contestarios, rebeldes, urgentes de ser escuchados. Enorme, Jagger y sus huestes agregando más historia a su ya de por sí legendaria cronología. Terminado el frenesí Stoniano, a un  lado mío sentí el "guiño de un ojo" de un CD que me invitaba a escucharlo, como retándome a comparar los sonidos de la música electrónica de vanguardia con aquello que los Stones habían ya sellado con acordes y requintos alrededor d
e todo el mundo. Armi Van Beuren me incitó a escuchar su álbum Imagination, y de repente me sentí sumergido en una placentera orgía de sonidos digitales cosmopolitas, abrumadores desde su inicio y propiciadores de una quietud rítmica, sensual y afrodisiaca.


    -¿Donde andabas?

    Preguntó  mi madre qué me esperaba dentro del pequeño restaurante que administraba con mi hermano y qué había convertido en el refugio de burócratas con trajes relamidos, qué día con día, buscaban un lugar económico donde comer y, en ocasiones, el lugar donde a través de varias cubetas de cervezas, tirar los escombros emocionales que la semana había dejado.

    La tormenta, conforme lo pronosticado, había sacudido a la ciudad dejándola expuesta al caos de la fieras urbanas. Al cabo de una hora, la ciudad había quedado sobrepasada , exhausta, aniquilada. No se puede tener  una vejez digna con tanto descuido. En el ocaso del meteoro, mi madre decidió regresar a casa conmigo en busca de un poco de tranquilidad y de paz. Aunque había sido fuerte toda su vida, la edad empieza a atosigarle el cuerpo...y el alma.


    Nos encaminamos hacia el eje central esquivando los charcos que rehuían desvanecerse y qué se aferraban a su momentánea existencia, aún a pesar de los esfuerzos de quienes se empeñaban por llevarlos a la primera alcantarilla que encontraban.

     Pequeños saltos, una vista a los escaparates.


    -Te quiero comprar una guayabera- me dijo mi madre como siempre atendiéndome, buscando que a su hijos no les falte nada, solicita, amorosa, eterna.


    -Ándale- me insistió esperando el gesto afirmativo de mi parte.


    -Vamos, lo qué tú quieras- le dije.

    -Pero tú escógela-


    Cinco minutos después salimos de la tienda con una hermosa guayabera yucateca que inmediatamente pensé en estrenar en mi primer día de labores de regreso a la universidad.


    Finalmente, llegamos a la esquina donde debíamos tomar el "pesero" y donde todos los carros estaban atorados en un  magno embotellamiento gordiano. No se veía la manera de avanzar. Era como una prisión a cielo abierto con desquiciantes sonidos de bocinas y aturdidos choferes sentenciados a varias horas de confinamiento urbano por vivir en una ciudad  literalmente atormentada.

    Era mejor subirse de inmediato al transporte de origen "chilango", donde, desde el primer paso, se adentra uno al mejor laboratorio de sociología urbana. El chofer, con su esmerada imagen de "cholo" irredento, exploraba ágilmente los espacios por donde escapar a este mitin de artefactos de acero, hojalata y hule.


    -¡Bajan!- gritaba desde el fondo de la camioneta una señora un tanto desesperada. Cualquiera la hubiera bajado enmedio de todos los automóviles, pero curiosamente, este chilango "acholado" dejó asomar una encomiable e inesperada conciencia.


    -Permítame tantito, ahorita la bajo- y buscó acercarse a la acera para cuidadosamente abrir las puertas envejecidas prematuramente, con ese rechinido insalvable producto del óxido del que nadie jamás se ocupa.

Mi madre ocupó un asiento suspirando tranquila, relajada, quizá porqué ir parado en estos "peseros" significa estar expuesto a los roces, a los manoseos, a la "báscula". De buenas a primeras, nuestro transporte se había llenado, estaba "retacado" como mi madre decía. Giré mi vista para ver a mis vecinos temporales, todos con esa cara adusta, seria, preocupada. El sueño se había apoderado de algunos y los otros venían absortos pensando  en cómo sacudirse su mísera vida. Mi madre me  miró y me dijo:


    -La música combina con el caos- me quedé mudo.


    En la radio sonaba a todo volumen música electrónica qué sin duda era el transfondo musical idóneo para éste caos cosmopolita, pero me parecía increíble que mi madre hubiera manifestado tal sensibilidad vanguardista. Beat FM daba la bienvenida a sus radioescuchas y les pedía que le informarán sobre lo que estaba sucediendo alrededor de toda la malla urbana.


    -Aquí en Misterios hay un fucking embotellamiento- comentaba por teléfono un adolescente de la generación X pidiendo "rolas" de Paul Van Dyk, mientras sonaban los acordes de Down in Underground, o también llamada "Los Violines", de acuerdo a la docta exposición del locutor de  radio que demostraba su conocimiento de éste género en cada corte comercial. La cumbias, el reggaetón, el hip hop, no habían tenido esa tarde la aquiescencia del chofer para taladrar los oídos de los fantasmas citadinos, qué todas las tardes regresaban a sus moradas embebidos en esa dialéctica de la maldición y la bendición, que hace mover sus cuerpos, día tras día.


    Cuando pensaba que el riesgo latente en esta música es la repetición, la falta de espontaneidad, la ausencia de esa pasión desbocada que está presente en la mayoría de los ritmos latinos, mi madre me interrumpió preguntándome dónde deberíamos descender,


    -¿Bajamos por adelante o por atrás?-


    La situación era similar por ambos lados, decenas de cuerpos obstaculizaban la salida dando la sensación de una lejanía insalvable qué atemorizó sensiblemente a mi madre.


    Sin embargo, ya cercanos a nuestro destino, el horizonte se fue abriendo igual que el cielo que ya dejaba ver algunos incipientes rayos de luz, que no sólo iluminaban la ciudad desvencijada sino la faz de todos sus moradores regalándoles un ocaso de indescriptibles tonos amarillos, anaranjados y violetas.


    En esa hora que estuvimos juntos en el "pesero", mi madre y yo compartimos muchas cosas, con nuestras miradas, con nuestro silencio, con lo poco que conversamos.  La sentí tan cerca, tan frágil, tan sensible.Al bajar nos sentimos libres y contentos caminando por aquellas aceras agrietadas y húmedas, que tantos años sintieron nuestras pisadas, que tanto años nos han visto pasar, atribulados y a punto del desplome; otras veces animados, entusiasmados, satisfechos. En ocasiones solos, otras veces acompañados. Se puede ir acompañado pero ser un solitario de cualquier manera.


Mi madre me volvió a decir:


    -¿Te diste cuenta cómo la música iba bien con el caos?


    -Sí madre- contesté.