“Pini”, Dona Ethel y “Moto”
–¿Usted como les dice a las mujeres allá en México?-, me pregunta,
-¿A qué te refieres Pini?- replico,
-Sí, si, como les habla en la calle-, en ese momento no se me ocurrió nada…
Vea, aquí yo les digo -¿Queré lleva platica a casa mami?- expresa desenfadadamente, provocando la risa de todos los que viajamos en la pick up y llenándonos de fresco oxígeno vivencial.
Pensé, -aquí si “llueve café en el campo”- el café que moja a todos sus habitantes con su aroma, con sus flores, con su color rojizo, con su nobleza. El café bendito que salpica de riqueza a los habitantes de esta región que no termina de solazarse a sí misma con tanta belleza.
–Viera Juventino, el café de Costa Rica es mejor que el café colombiano- afirma Alán, y todos asientan con la cabeza mostrando su acuerdo.
Alán me ha dado muestras de amistad innegables; serio y sosegado, entre otras cosas, ha escapado al culto al automóvil que ha sentado sus raíces en este territorio.
-Prefiero invertir en la educación de mis hijos- señala orgulloso.
II.
Me mude de nueva cuenta a un apartotel de nombre “Los Laureles” en Sabanilla, al sur de San José. El apartamento tenía una cocina chica y, sin embargo, tenía todo lo que hace falta para cocinar, con acceso e Internet y recamara “queen zise”; una lavandería y un bar común donde se miraban los juegos de la “sele”-así le decían al equipo nacional de futbol soccer-. La gente de Costa Rica ama el futbol, los niños, las abuelas, los jóvenes, hablan de futbol todo el día y a todas horas.
El apartotel estaba rodeado de vegetación en una zona apacible y sosegada. Atendida por Doña Ethel, que es una señora de 60 años, muy hacendosa, con miraba tierna y un dejo de nobleza interminable.
- ¿Cuánto va estar hospedado, Don Juven?-
Dos meses respondí y supe, desde esa vez, que la iba a pasar muy bien, en medio de vecinos españoles, italianos, dominicanos, colombianos y ticos.
El español me despertaba todos los días con la copla “…Ay pena, penita, pena…pena de mi corazón…que me recorre las venas…pena…con la fuerza de un ciclón…”. Al cabo de un tiempo hice amistad con Don Balbino, el español oriundo de las Islas Canarias, a la sazón, piloto de avionetas y marino, capitán de barco, que había cruzado, hace 10 años el atlántico en su yate.
Marisol que auxiliaba en los quehaceres de Doña Ethel, barría y trapeaba el apartamento dos veces por semana y me cambiaba las toallas los martes. Es una mujer bonita, trabajadora y muy humilde. Varias veces, en el aburrimiento de los sábados charlábamos cosas del trabajo y de la manera de pronunciar el castellano de los mexicanos y de los “ticos”.
Doña Ethel me saludaba todos los días - ¿Cómo me le va Don Juven?- Y yo le respondía -¡Pura vida!- en espera del automóvil que mañana tras mañana me llevaba a la oficina.
“Moto” era mi chofer preferido. Había recorrido todos los confines del suelo costarricense y se ubicaba mejor en campo que todos los geógrafos que teníamos contratados. Era una delicia escuchar sus anécdotas de los censos pasados y exhibía una luz fuera de serie.
Siempre lo recordaré con su cigarro y su “yodo”, así le decía él, al café.
Cuando me llamaba hermano sentía un cariño muy sincero por él.
Le he quedado muy mal a "Moto", me pidió una playera de los "pumas" y no se la he comprado. En mi próximo viaje le llevaré una.
Allán, Douglas, yo, "Moto" y "Pini"
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