El cielo eternamente encapotado
I.
Así empezaron a transcurrir los días con nuestro viaje urbano diario acompañados de música ochentera que nos permitía regresar, aunque fuera por un momento, a pasajes de nuestras vidas ya olvidados
Sin duda, Frank es un excepcional conductor que ya conocía el camino desde hace tiempo, o por lo menos, eso parecía. Había que ser muy hábiles para conducir en una ciudad tan olvidada y avejentada que, con sus miles de huecos -baches- retaba los reflejos y la imaginación. San José, es una ciudad donde los huecos han dejado de ser una anécdota para pasar a formar parte de una realidad urbana que atosiga a los habitantes, pero que paradójicamente, a fuerza de vivir con ellos, los ha vuelto resignados.
Tenía unos días de haber llegado a este lugar donde los cielos se empeñan diariamente, tozudamente, en cubrir el fulgor solar que ha perdido la batalla desde siempre. Aquí el sol otea el paisaje solo por unos cuantos minutos y desaparece avasallado ante el meteoro que fustiga el suelo de la sabana. La lluvia es incansable, interminable; solo el moho diminuto que colorea de verde todas las superficies, sale triunfante y retador. Diez meses estará presente en las banquetas, muros y tapias. Es el invierno costarricense, la estación lluviosa, finalizará hasta octubre o noviembre, en la estación seca, donde también llueve, -pero menos-, apunta Ana como queriendo convencerse a si misma, de que no es tan malo el clima en este rincón pródigo del mundo.
El fin de semana me llegó el hastío de la lluvia.
-¿Qué no para nunca?-
–No, contestó Ana- Aquí ya estamos acostumbrados.
Bajo el techo de la cochera habíamos iniciado una conversación inteligente de temas irrelevantes, por supuesto de mucho mejor provecho que una conversación tonta de temas relevantes, que fue interrumpida por las cumbias de un grupo musical argentino. ¡Argentinos tocando cumbias! -¡Esto es un argumento más para los globalifóbicos- pensé, y me dispuse a escuchar lo que considere, en principio, el colmo de la barbarie gaucha.
-¡Escuchá Juventino, escuchá bien, son buenos!-, comentó Frank.
Tenía razón y al cabo de unos cuantos minutos estaba ya moviendo todo el cuerpo bailando al compás de la cumbia gaucha. -Con ese ritmo se ha creado aquí el swing tico-, afirmó Ana y marcó un par de pasos “brincaditos” al mas puro estilo chilango, pirriipipí gritarían en Neza, Pantitlán yla Doctores.
-¿Qué no para nunca?-
–No, contestó Ana- Aquí ya estamos acostumbrados.
Bajo el techo de la cochera habíamos iniciado una conversación inteligente de temas irrelevantes, por supuesto de mucho mejor provecho que una conversación tonta de temas relevantes, que fue interrumpida por las cumbias de un grupo musical argentino. ¡Argentinos tocando cumbias! -¡Esto es un argumento más para los globalifóbicos- pensé, y me dispuse a escuchar lo que considere, en principio, el colmo de la barbarie gaucha.
-¡Escuchá Juventino, escuchá bien, son buenos!-, comentó Frank.
Tenía razón y al cabo de unos cuantos minutos estaba ya moviendo todo el cuerpo bailando al compás de la cumbia gaucha. -Con ese ritmo se ha creado aquí el swing tico-, afirmó Ana y marcó un par de pasos “brincaditos” al mas puro estilo chilango, pirriipipí gritarían en Neza, Pantitlán y
Esa tarde se nos fue con birras y tequila, hablando de los maes del gobierno local que no hacen nada por devolverle a la ciudad el esplendor de otros tiempos.
-Los jue d’puta no hacen nada Mae- atizaba Frank.
–¡Ah que hijos de puta!- repetí yo,
-¡No!- me corrigió Frank-, se dice jue d’puta.
Tenía razón, como explicarse una ciudad deshecha, con tantos problemas de basura, inseguridad y huecos, en un país con tan profusas riquezas naturales.
-Los jue d’puta no hacen nada Mae- atizaba Frank.
–¡Ah que hijos de puta!- repetí yo,
-¡No!- me corrigió Frank-, se dice jue d’puta.
Tenía razón, como explicarse una ciudad deshecha, con tantos problemas de basura, inseguridad y huecos, en un país con tan profusas riquezas naturales.
Unos días más tarde, tendría la oportunidad de leer a Crozier y hacer una analogía con su estudio de la sociedad francesa del 68. La sociedad bloqueada afirmaría el sociólogo francés. Así me parecía la comunidad “tica”, una sociedad bloqueada, donde todo y nada sucede al mismo tiempo y donde, este último, se ha empeñado en ir a un ritmo más lento, sin agobio, sin pesadumbre.
“…porque la seducción es ocultación y promesa, la seducción acaba con lo presente, necesita del velo y de la distancia, vive de la ausencia, muere con la presencia; la seducción es promesa, por-venir, tiene una estructura mesiánica…”.dictó Potel, en un texto sobre Derridá y Gadamer, que descubrí accidentalmente al día siguiente, ¿por la tarde’ ¿o noche? aquí no se sabe del todo, ya que el cielo esta empeñado en anochecer las horas a deshoras. El dardo había dado en el blanco. Sin pronunciar palabra, cerré la puerta de mi habitación, y me acosté pensando en la enorme lucidez del autor, en la seducción como motivo de reflexión filosófica. Los minutos empezaron a huir con rapidez y la lluvia estruendosa se convirtió en un sonido cada vez más fugaz, lejano, imperceptible.
La lluvia inusitadamente olvidada, a pesar de su insistencia de recordarnos su caótica presencia.
En estas tardes tan presurosas por morir, frente a la noche que despliega rápidamente su sendero de sombras avasallantes, no hay el rostro familiar que relaja; la nostalgia de pronto me recuerda lo fugaz de nuestras vidas. En ese momento vuelvo la vista a la foto familiar que me devuelve al mundo y a la valoración de todo lo construido y de lo que hemos dejado momentáneamente.
Llegó el tiempo de tirar los primeros escombros existenciales que se han acumulado en estos días. Frank y Ana lo han percibido. Ellos también requieren algo de relajamiento con el extranjero que ha trastocado su vida familiar. ¿Te gusta el karaoke? pregunta Ana deseando obtener una respuesta afirmativa. –Si claro- respondí en el instante en que Frank ya estaba preparando el micro.
Después de una serie de crestas y descensos llegamos a “La Cuenca ”, un bar karaoke donde los acordes de la música ranchera mexicana no tardaron pronto en inundar el ambiente colmado de Maes alegres y gozosos dispuestos a terminar esa noche con todo el stock de cervezas imperiales del lugar. La noche culminó con nuevas amistades y con la compra del CD de un aficionado a la música vernácula que cantaba mejor que Vicente Fernández. -Perdonen lo mal cantado- murmuraba Minor González antes de empezar a cantar y dejarnos boquiabiertos.
–Vendo mis discos en tres mil- me dijo. Por supuesto que le compré uno.
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