Subí uno a uno, a veces de dos en dos,
los escalones sofocados de la envejecida vecindad
con sus paredes llorando salitre, sus rasgados muros,
capiteles seculares, años de observar la miseria humana.
Toqué nerviosamente los barandales oscilantes
y apresuradamnete ascendí entre baldosas húmedas y silenciosas,
que socarronamente percibían mi angustia.
Arriba un cuartucho de lámina, la puerta entreabierta,
aroma de perfume barato; me detuve pasmado,
una cofia tirada, un par de medias negras deshiladas,
zapatos bajos somnolientos y fatigados.
Su cuerpo cansado, sudoroso, los pies enrojecidos y maltratados.
En la almohada, su rostro en agobiante ansiedad de olvido.
Meloso absorbí su cansancio, su fastidio y dormí con ella,
gustoso hasta el hastío.
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