lunes, 19 de diciembre de 2011

TRAVESURBE

    Mi Madre y yo


Súbitamente, el cielo despejado de hace algunas horas había mudado su tonalidad hacia un grisáceo oscuro, amenazante, estruendoso. El presagio de una desenfrenada tormenta acalambraba la ciudad y a sus habitantes quiénes comenzaban a correr, presurosos, hacia sitios más seguros, a cubierta de la gotas heladas que empezaron a caer, desarticuladamente, dando espacio a los granizos que ya asomaban en el capote celeste.


He tenido suerte. Minutos antes había tenido la oportunidad de recorrer pausadamente algunas calles del centro de la ciudad, del ombligo de nuestra tierra, del origen de todo lo nuestro. Caminé por las avenidas ahora recuperadas, con aliento fresco, desprovistas de los eternos poseedores del suelo urbano, supervivientes del desastre del desempleo. Me detuve en un Mixup y descubrí a los Rolling Stones redivivos en su nuevo álbum producido por Martín Scorsese. Una locura de sonidos agresivos, contestarios, rebeldes, urgentes de ser escuchados. Enorme, Jagger y sus huestes agregando más historia a su ya de por sí legendaria cronología. Terminado el frenesí Stoniano, a un  lado mío sentí el "guiño de un ojo" de un CD que me invitaba a escucharlo, como retándome a comparar los sonidos de la música electrónica de vanguardia con aquello que los Stones habían ya sellado con acordes y requintos alrededor d
e todo el mundo. Armi Van Beuren me incitó a escuchar su álbum Imagination, y de repente me sentí sumergido en una placentera orgía de sonidos digitales cosmopolitas, abrumadores desde su inicio y propiciadores de una quietud rítmica, sensual y afrodisiaca.


    -¿Donde andabas?

    Preguntó  mi madre qué me esperaba dentro del pequeño restaurante que administraba con mi hermano y qué había convertido en el refugio de burócratas con trajes relamidos, qué día con día, buscaban un lugar económico donde comer y, en ocasiones, el lugar donde a través de varias cubetas de cervezas, tirar los escombros emocionales que la semana había dejado.

    La tormenta, conforme lo pronosticado, había sacudido a la ciudad dejándola expuesta al caos de la fieras urbanas. Al cabo de una hora, la ciudad había quedado sobrepasada , exhausta, aniquilada. No se puede tener  una vejez digna con tanto descuido. En el ocaso del meteoro, mi madre decidió regresar a casa conmigo en busca de un poco de tranquilidad y de paz. Aunque había sido fuerte toda su vida, la edad empieza a atosigarle el cuerpo...y el alma.


    Nos encaminamos hacia el eje central esquivando los charcos que rehuían desvanecerse y qué se aferraban a su momentánea existencia, aún a pesar de los esfuerzos de quienes se empeñaban por llevarlos a la primera alcantarilla que encontraban.

     Pequeños saltos, una vista a los escaparates.


    -Te quiero comprar una guayabera- me dijo mi madre como siempre atendiéndome, buscando que a su hijos no les falte nada, solicita, amorosa, eterna.


    -Ándale- me insistió esperando el gesto afirmativo de mi parte.


    -Vamos, lo qué tú quieras- le dije.

    -Pero tú escógela-


    Cinco minutos después salimos de la tienda con una hermosa guayabera yucateca que inmediatamente pensé en estrenar en mi primer día de labores de regreso a la universidad.


    Finalmente, llegamos a la esquina donde debíamos tomar el "pesero" y donde todos los carros estaban atorados en un  magno embotellamiento gordiano. No se veía la manera de avanzar. Era como una prisión a cielo abierto con desquiciantes sonidos de bocinas y aturdidos choferes sentenciados a varias horas de confinamiento urbano por vivir en una ciudad  literalmente atormentada.

    Era mejor subirse de inmediato al transporte de origen "chilango", donde, desde el primer paso, se adentra uno al mejor laboratorio de sociología urbana. El chofer, con su esmerada imagen de "cholo" irredento, exploraba ágilmente los espacios por donde escapar a este mitin de artefactos de acero, hojalata y hule.


    -¡Bajan!- gritaba desde el fondo de la camioneta una señora un tanto desesperada. Cualquiera la hubiera bajado enmedio de todos los automóviles, pero curiosamente, este chilango "acholado" dejó asomar una encomiable e inesperada conciencia.


    -Permítame tantito, ahorita la bajo- y buscó acercarse a la acera para cuidadosamente abrir las puertas envejecidas prematuramente, con ese rechinido insalvable producto del óxido del que nadie jamás se ocupa.

Mi madre ocupó un asiento suspirando tranquila, relajada, quizá porqué ir parado en estos "peseros" significa estar expuesto a los roces, a los manoseos, a la "báscula". De buenas a primeras, nuestro transporte se había llenado, estaba "retacado" como mi madre decía. Giré mi vista para ver a mis vecinos temporales, todos con esa cara adusta, seria, preocupada. El sueño se había apoderado de algunos y los otros venían absortos pensando  en cómo sacudirse su mísera vida. Mi madre me  miró y me dijo:


    -La música combina con el caos- me quedé mudo.


    En la radio sonaba a todo volumen música electrónica qué sin duda era el transfondo musical idóneo para éste caos cosmopolita, pero me parecía increíble que mi madre hubiera manifestado tal sensibilidad vanguardista. Beat FM daba la bienvenida a sus radioescuchas y les pedía que le informarán sobre lo que estaba sucediendo alrededor de toda la malla urbana.


    -Aquí en Misterios hay un fucking embotellamiento- comentaba por teléfono un adolescente de la generación X pidiendo "rolas" de Paul Van Dyk, mientras sonaban los acordes de Down in Underground, o también llamada "Los Violines", de acuerdo a la docta exposición del locutor de  radio que demostraba su conocimiento de éste género en cada corte comercial. La cumbias, el reggaetón, el hip hop, no habían tenido esa tarde la aquiescencia del chofer para taladrar los oídos de los fantasmas citadinos, qué todas las tardes regresaban a sus moradas embebidos en esa dialéctica de la maldición y la bendición, que hace mover sus cuerpos, día tras día.


    Cuando pensaba que el riesgo latente en esta música es la repetición, la falta de espontaneidad, la ausencia de esa pasión desbocada que está presente en la mayoría de los ritmos latinos, mi madre me interrumpió preguntándome dónde deberíamos descender,


    -¿Bajamos por adelante o por atrás?-


    La situación era similar por ambos lados, decenas de cuerpos obstaculizaban la salida dando la sensación de una lejanía insalvable qué atemorizó sensiblemente a mi madre.


    Sin embargo, ya cercanos a nuestro destino, el horizonte se fue abriendo igual que el cielo que ya dejaba ver algunos incipientes rayos de luz, que no sólo iluminaban la ciudad desvencijada sino la faz de todos sus moradores regalándoles un ocaso de indescriptibles tonos amarillos, anaranjados y violetas.


    En esa hora que estuvimos juntos en el "pesero", mi madre y yo compartimos muchas cosas, con nuestras miradas, con nuestro silencio, con lo poco que conversamos.  La sentí tan cerca, tan frágil, tan sensible.Al bajar nos sentimos libres y contentos caminando por aquellas aceras agrietadas y húmedas, que tantos años sintieron nuestras pisadas, que tanto años nos han visto pasar, atribulados y a punto del desplome; otras veces animados, entusiasmados, satisfechos. En ocasiones solos, otras veces acompañados. Se puede ir acompañado pero ser un solitario de cualquier manera.


Mi madre me volvió a decir:


    -¿Te diste cuenta cómo la música iba bien con el caos?


    -Sí madre- contesté.

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